Dante Bobadilla: Memorias del terror.

En toda Latinoamérica se escuchaba la palabra revolución. Era como un mantra que embrujaba las mentes débiles y las llevaba a cometer actos temerarios. Todos soñaban con ser revolucionarios, como el Che, y Cuba era el gran ejemplo a seguir.

<strong><span class="has-inline-color has-black-color">Dante Bobadilla</span></strong>
Dante Bobadilla

Escritor.

Abimael Guzmán reposa ya en el panteón de los más grandes genocidas de la humanidad, junto a su ídolo Mao Tse Tung, cuyos pasos se esforzó por seguir. Su muerte debería servir de motivo para revisar la historia y aclarar los conceptos, luego de tantos años de manipulación de la verdad y desinformación. Este es un testimonio personal de lo visto y vivido.

Fui testigo presencial del fenómeno terrorista en el Perú. Viví la historia y no necesito que nadie me la cuente. Conocí la Universidad Mayor de San Marcos en la segunda mitad de los años setenta, durante el caos del Gobierno Militar y su llamada «segunda fase de la revolución». En toda Latinoamérica se escuchaba la palabra revolución. Era como un mantra que embrujaba las mentes débiles y las llevaba a cometer actos temerarios. Todos soñaban con ser revolucionarios, como el Che, y Cuba era el gran ejemplo a seguir.

El campus de la universidad era un antro de miseria y suciedad. Todas las paredes, sin excepción, incluyendo las de las escaleras, lucían pintarrajeadas con siglas de los partidos de izquierda, sus lemas «revolucionarios» y símbolos comunistas. La principal actividad en la universidad era la politiquería de izquierdas. Incluso los cursos estaban plagados de marxismo. El materialismo dialéctico era la religión oficial de este manicomio. Tenían sus textos sagrados y sus profetas de moda que los dividían, porque unos seguían a Trotsky; otros, a Lenin, a Mao, etc. Unos se consideraban ser los mejores y más puros intérpretes del marxismo, acusando a los demás de «revisionistas» y de otros pecados burgueses. Los de la derecha capitalista éramos infieles que merecíamos ser extirpados de la sociedad.

Me acostumbré a ver la universidad como un manicomio repleto de dementes. Creían hablar de ciencia, pero sus textos divagaban en la más alucinante fantasía teórica, repletos de conceptos abstrusos, principios supuestos, procesos idealizados, entes fabulosos, predicciones insensatas, etc. Y todo eso era asumido como la verdad más pura. Hablaban de la realidad del pueblo peruano sustentados en textos europeos de principios de siglo. No hacían más que repetir frases de Marx y Lenin, extraídas de la enredadera teórica de sus libros desfasados, y se sustentaban apenas en una profusa charlatanería versada.

Decían representar al pueblo, pero el pueblo los ignoraba. Hablaban de masas que no tenían, predicaban la alianza revolucionaria estudiantil-obrero-campesina que jamás hubo. El sueño de la revolución empezó en los sesenta, tras el triunfo de Fidel Castro en Cuba. Desde allí, el comunismo pensaba extenderse por toda la región bajo el apoyo de la URSS. Para eso tenían una buena red de partidos comunistas. Pero las guerrillas fracasaron y el gobierno de Velasco les quitó sus principales metas: la reforma agraria y la destrucción de la oligarquía. Durante los setenta, a la izquierda no le quedó más que radicalizarse para seguir siendo una opción política y prometer una delirante utopía comunista.

Tras el gobierno de Velasco, teníamos un Estado a cargo de casi toda la economía y mucho más. Las guerrillas dejaron de ser una opción viable. Incluso varios exguerrilleros formaban parte del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Así que a los iluminados de izquierda solo les quedaba el camino del radicalismo más fanático, apelando a una violencia salvaje para destruir ya no a la burguesía sino al Estado burgués.

En ese ambiente delirante de la universidad pública se fue gestando el terrorismo como el siguiente paso natural de la izquierda. Todos los grupos y facciones de izquierda hablaban a coro de la revolución como el único camino hacia la salvación eterna. De alguna manera curiosa, se habían convencido de que el comunismo era la tierra prometida a la que debíamos llegar. El odio al capitalismo (y a los Estados Unidos, como su máximo exponente) eran parte de la fe revolucionaria. Era una especie de guerra santa contra el demonio capitalista. Tras la revolución, nos esperaba la vida eterna en el paraíso del socialismo, donde no habría más sufrimiento, explotación, desigualdad, pobreza, exclusión ni miseria.

Yo, desde luego, nunca creí toda esa tontería. Me abría paso entre círculos de zombis congregados en los patios de la universidad que gritaban con el puño en alto consignas repetitivas, como «Muerte al capitalismo», «Muerte al Estado burgués», «Muerte a la oligarquía» y otras repletas del mismo odio fundamentalista. Tenían muchos «enemigos del pueblo» a los que combatir en su lucha de clases. Los únicos buenos parecían ser los obreros y los campesinos, además de los estudiantes, claro está. El plan de toda la izquierda era la lucha armada, la guerra popular del campo a la ciudad. En eso coincidían todas las facciones. Sus diferencias eran solo retóricas: para unos, las condiciones aún no estaban dadas; para otros, había que crearlas.

Cuando en 1980 volvió la democracia, el Perú era el Titanic cambiando de capitán. No había manera de que ese barco flotara por mucho tiempo. El Estado hacía agua. Consumía casi todo lo que se producía, y cada vez se producía menos y el Estado pedía más. Los sindicatos estatales se convirtieron en los principales actores políticos, y, a medida que la situación económica se deterioraba, organizaban más paros de protesta exigiendo gollerías. A eso se sumó el terrorismo de la izquierda. En Lima empezó un día de agosto de 1980, cuando aparecieron perros colgados en los postes de luz, con carteles que decían «Teng Siao Ping». Muy pocos sabían qué era eso ni quiénes podían ser los autores. Pero yo sí tenía una idea muy clara de la clase de idiotas que estaban detrás de esas acciones. Se llamaban Sendero Luminoso. Decidieron utilizar la chapa que los estudiantes les pusieron debido a que repetían incesantemente esta frase: «Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui».

No es verdad que Lima no se diera por notificada hasta el atentado de Tarata, en Miraflores, en julio de 1992, como afirman ciertos izquierdistas descarados burlándose de las élites. Desde el principio vivimos el terror en la ciudad capital. Según la Comisión de la Verdad (CVR), en 1982 hubo 38 atentados en Lima. Aquel fin de año sufrimos el primer apagón de medianoche. Recibimos el año 1983 en una oscuridad que presagiaba el terror. Los apagones fueron cada vez más frecuentes, hasta que las calles se llenaron de grupos electrógenos zumbando casi todo el día. Por todos lados explotaban bombas en tiendas de supermercados, embajadas, oficinas comerciales, comisarías, etc. De acuerdo con la misma fuente, en 1983 hubo 256 atentados terroristas en Lima. Cuando llegó Alfonsín para condecorar a Belaunde antes del fin de su mandato, hubo un apagón total en todo Lima. La ceremonia se realizó con el grupo electrógeno de Palacio de Gobierno y eran las únicas luces de la ciudad. ¿Cómo pueden decir que en Lima no nos dimos cuenta de nada?

Según la estadística publicada por Desco en el libro Violencia política en el Perú, Ayacucho y Lima fueron los departamentos más afectados por la violencia terrorista, ya que mostraron un claro incremento en la capital desde 1985. En dicho cuadro se resume que, entre 1980 y 1987, se registraron 2756 atentados en Ayacucho y 3073 en Lima. Pero según algunos escribas de la izquierda, no nos dimos cuenta de nada hasta Tarata.

Pasaré por alto la década de terror que vivimos para no aburrir con las experiencias de cada amigo o pariente asesinado, de cada vez que mi oficina en San Isidro fue destartalada por una detonación, de cada vez que nos abrazamos en familia al oír a lo lejos la explosión de un coche bomba, sin más opción que encender el televisor para saber en dónde había volado qué y cuántos muertos había. Era cotidiano ver imágenes de destrucción, cuerpos regados, restos humeantes, edificios en escombros. Así sobrevivimos en la capital. Sentíamos el olor del anfo en el aire. Recuerdo las Fiestas Patrias de 1992 como las más tristes de mi vida. Una semana antes había ocurrido el atentado en la calle Tarata de Miraflores, que conmocionó a todos por su brutalidad. Estábamos notificados: Sendero no tendría piedad con nadie. Salí de la oficina una tarde fría y gris. No había nadie en las calles. Solo un viento helado las recorría en medio de un silencio inusual. Las amenazas de Sendero Luminoso habían calado en los nervios de la población y nadie tenía ganas de celebrar las Fiestas Patrias. Pero todo eso cambió dos meses después, cuando al fin capturaron a la bestia y las casas se llenaron de banderas.

¿Por qué hoy las nuevas generaciones ignoran la historia del terrorismo en el Perú, siendo una de las etapas más sangrientas y traumatizantes de la república, la que tuvo más saldo de muerte y destrucción que cualquier otro episodio, y ni siquiera son capaces de identificar a Abimael Guzmán, el más grande genocida de nuestra historia y uno de los mayores criminales de la humanidad? Para colmo, los remanentes de Sendero Luminoso gobiernan hoy nuestro país ante la total indiferencia de las mayorías. Esto solo indica una pésima labor de nuestra clase política, en especial de la derecha o de lo que quieran parecer quienes no son de izquierda, pero, sobre todo, una excelente labor de la izquierda.

Todo se remite a la temprana creación —entre gallos y medianoche— de la Comisión de la Verdad, durante el gobierno de Valentín Paniagua, la cual fue renombrada como Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) durante el gobierno de Toledo. Esta fue la obra magna del jurista caviar Diego García Sayán, ministro de ambos gobiernos y verdadero artífice del engaño colectivo. Los decretos supremos que la crean ya contenían el germen del engaño, pues, en primer lugar, establecía como período de violencia el de 1980-2000. ¿Por qué hasta el 2000, si el terror acabó en 1992? Porque de ese modo incorporan todo el gobierno de Alberto Fujimori, el cual sería el verdadero objetivo de la vendetta de la izquierda. En segundo lugar, se fijaba como misión explicarle al pueblo peruano las razones sociales, políticas y culturales que habían desencadenado la violencia. Es decir, ya desde allí se sugiere que la violencia fue consecuencia de ciertas condiciones sociales, económicas y culturales, no de una ideología perversa. De hecho, el informe lo ratificó así. En otras palabras, los terroristas eran nobles luchadores sociales que solo buscaban un cambio social por el camino equivocado.

La CVR, por confesión de sus miembros, se centró en las víctimas del Estado, por cuanto eran las que podían recibir reparaciones. De hecho, según narra el historiador Antonio Zapata, los agentes de la CVR iban por las comarcas ayacuchanas ofreciendo, megáfono en mano, reparaciones a quienes acusaran a los militares. Para resumirlo, el informe de la CVR se esmera en equiparar la violencia ejercida por el Estado (Fuerzas Armadas [FF. AA.] y PNP) con los grupos terroristas, al punto de atribuirle al Estado casi la mitad de las muertes, hablando así de un «terrorismo de Estado». Y, desde luego, no hay mayores «explicaciones» de este accionar equivocado de las FF. AA. El gran responsable de ese «terrorismo de Estado», que se perpetró básicamente durante los años ochenta, terminó siendo Alberto Fujimori, mencionado en el informe con los peores epítetos. Si uno lee ese documento, notará una clara y abierta beligerancia contra Alberto Fujimori, que contrasta con el trato amable y neutral que se le dispensa a Abimael Guzmán. Al final, el mayor terrorista y genocida terminará siendo Alberto Fujimori, y será eso lo que repetirá toda la izquierda en campaña permanente.

Tras la publicación del informe de la CVR, vino la propaganda de la «verdad y la memoria», una campaña orquestada por la izquierda para resaltar los crímenes del Estado y del fujimorismo. Toda la crema y nata de la intelectualidad y el periodismo, incluyendo los políticos, se prestaron a la promoción de esa «verdad y memoria». Así fue cómo el antifujimorismo pasó a ser la doctrina oficial del Estado y la prensa. Ni siquiera el fujimorismo se atrevió a salirle al frente a las patrañas del informe de la CVR. Peor aún, Keiko se allanó, como ya es su costumbre. De este modo, la izquierda se lavó las manos y salió fortalecida luego de haber sido la generadora y la causante del mayor baño de sangre de nuestra historia. Y no fue solo por el descaro de la izquierda, sino por la estupidez de una derecha cobarde.

2 comments on “Dante Bobadilla: Memorias del terror.

  1. Mi papá tiene 80 años, se salvo de tres atentados el último fue en Tarata, y no se equivoco en todo lo que me enseño, la izquierda es mentirosa, y lamentablemente los periodistas y políticos se prestaron, ahora se paga las consecuencias de una mentira que se arrastra hace 20 años. Fujimori puso mano dura, se equivoco sí, pero el no reconocerle ni un ápice es una tremenda injusticia.

    1. Bravo Dante!!!, impecable todo lo que escribiste!!,… nadie tiene que contarnos las cosas cuando las hemos vivido en carne propia. Morales Bermudez y Fujimori nos dieron el poco aire con el que aun respiramos.

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