Dante Bobadilla: La ruta del odio

 

Odio es el sentimiento que más ha prevalecido en el Perú durante los últimos 20 años. Ese odio marcó la ruta que nos trajo directamente a la crisis actual en la que el Perú se debate en la miseria moral, política, económica y social.


<strong><span class="has-inline-color has-black-color">Dante Bobadilla</span></strong>
Dante Bobadilla

Escritor.

 

Odio es el sentimiento que más ha prevalecido en el Perú durante los últimos 20 años. Ese odio marcó la ruta que nos trajo  directamente  a l a  crisis  actual  en la que el Perú se debate en la miseria moral, política, económica y social. No otra cosa más que el odio explica que muchos hayan preferido votar por una auténtica organización criminal y por un completo ignorante sin arte, oficio ni capacidad alguna. A ese final se llega solo por la ruta del odio.

Lo  único que se le  puede añadir al odio es la estupidez de una generación que vivió en la paz y prosperidad que se consiguieron en los noventa, y que son incapaces de valorar las reformas que nos sacaron de la condición de paria a ser un país líder en crecimiento. Estupidez unida a la ignorancia de una generación que ha crecido en la Internet  y  los  videojuegos,  que  no  lee  ni  entiende lo que lee y que solo se informa en las cloacas de las redes sociales.

Los  afectados  por  las  reformas  de  los noventa formaron un frente común que parió el antifujimorismo como falsa postura moral y disforzada pose democrática. En realidad, se trató de simple venganza ruin de parte de los grupos  de  izquierda   cercanos   al  terrorismo,  de  los  sindicatos  que perdieron todo su poder y gollerías, de los burócratas que tuvieron que migrar al mundo privado, al desempleo o la informalidad; de los políticos pasados al retiro o  desplazados  por  el fujimorismo.  Todo  ese  frente  variopinto  se  ocupó  de   crear  el  monstruo  del antifujimorismo y de atizar la hoguera del odio político cuya consecuencia es la crisis actual.

Y, por supuesto, hay que mencionar a los medios, donde un contingente de falsos moralistas, entre periodistas y opinólogos, se sumaron al antifujimorismo para posar como demócratas cabales y luchadores anticorrupción, sin ver nada más que al fujimorismo como “símbolo de la corrupción”, mientras los políticos  de  moda seguían  robando sin ser  vistos  ni  cuestionados.  Ser  antifujimorista  estaba  de  moda.  Era  la  pose  correcta. Muchos prefirieron evitarse problemas y adherirse a la doctrina oficial impuesta por la CVR y la cofradía caviar que cada vez gozaba de más poder. Así se sumaron nuevos ingredientes como la cobardía y el acomodo.

Durante veinte años, se fabricaron los mitos más ridículos y las leyendas más absurdas contra Alberto Fujimori. Incluyendo la burda sentencia  del  juez  César  San Martín incriminándolo por crímenes de terceros en los que Fujimori nada tuvo que ver. Le inventaron los cuentos más descabellados que la gente creía ciegamente. Hasta llevaron a los tribunales farsas como las “esterilizaciones forzadas”, que una y otra vez eran desestimadas por el Poder Judicial y vueltas a presentar por las ONG de izquierda en cada campaña electoral.

El  resultado  de  esa  época  signada  por  el odio es lo que hoy tenemos como triste realidad: un país dividido, engañado y gobernado por una banda de oligofrénicos incapaces, miembros de una auténtica organización criminal que ya cuenta con pedidos de prisión preventiva en apenas siete meses de desgobierno y caos. No podía ser otro el resultado. Mucha gente envenenada con el odio prefirió votar contra Keiko Fujimori en lugar de votar por el Perú.

Como corolario tenemos el ukase de la Corte Interamericana de DDHH que nos prohíbe liberar a Alberto Fujimori, pese a la sentencia del Tribunal Constitucional. Una vez más las ONG de izquierda especializadas en la defensa de  terroristas  (IDL, Aprodeh, CNDDHH)  llevaron  de  la  mano  a  “las  víctimas”, es decir, los familiares de los terroristas asesinados en Barrios Altos y La Cantuta convertidos en mártires por la izquierda, y corrieron a la Corte IDH a exigir “justicia”. Lo cual significa mantener preso a Fujimori hasta que muera.

Con  todo  este  panorama,  el  mundo  empieza  a  ver  a l Perú   no   solo  como  una  republiqueta  bananera ingobernable, a cargo de una pandilla de incapaces dedicados al pillaje, sino como una colonia sin autonomía judicial, donde los indultos presidenciales pueden anularse desde afuera si no le gustan a la izquierda. Queda claro pues que para Alberto Fujimori no existen derechos humanos. Esa es una gracia que solo se le concede a los terroristas y sus familiares.

Fujimori morirá en la cárcel para regocijo de una generación intoxicada por el odio que nunca supo valorar el peso histórico que tiene. Mucho de lo que pueden disfrutar hoy, desde la telefonía y  la  luz  eléctrica hasta los centros comerciales modernos, incluyendo la seguridad de no volar junto a un coche bomba en la calle, se la deben a ese hombre que tanto odian. Y el odio es tal que seguramente ni con su muerte en prisión volveremos a superar el encono que nos ha dividido y destruido como nación. Otro gran logro de la izquierda.

1 comments on “Dante Bobadilla: La ruta del odio

  1. Cierto. No olvidar el oportunismo y provecho propio de algunos seudos politologos pagados con jugosas consultorias estatales y el financiamiento de paginas publicitarias en los medios jugaron en pared para crear un monstruo en vez de un estadista que les ha permitido vivir a ellos mismos con tranquilidad y sin z
    ozobra.

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