Dante Bobadilla: La patología del antifujimorismo

Como era de esperar, la izquierda salió alborotada tras el fallo del Tribunal Constitucional que reactiva el indulto otorgado por Pedro Pablo Kuczynski a Alberto Fujimori, y que un juez penal anuló indebidamente, pese a ser una prerrogativa constitucional del presidente.


<strong><span class="has-inline-color has-black-color">Dante Bobadilla</span></strong>
Dante Bobadilla

Escritor.

 

Como era de esperar, la izquierda salió alborotada tras el fallo del Tribunal Constitucional que reactiva el indulto otorgado por Pedro Pablo Kuczynski a Alberto Fujimori y que un juez penal anuló indebidamente, pese a ser una prerrogativa constitucional del presidente.

Nadie duda de que el sueño de la izquierda es ver morir a Fujimori en la cárcel. Para conseguirlo, se aseguraron de  condenarlo  a  la  pena  máxima  apelando  a  un subterfugio legal  por  el que se le cargaba gratuitamente la responsabilidad  de  las  matanzas  de  Barrios  Altos  y  La  Cantuta.  Una  condena   sin   pruebas, preparada con antelación, alevosía y saña, pues se le adjetivó además como delitos de lesa humanidad. El segundo paso fue anularle el indulto apelando a cualquier leguleyada. Hoy andan desesperados por anular el fallo del Tribunal Constitucional.

El caso contra Fujimori está cargado de mitos, leyendas negras, mentiras y mucho circo. Se ha llegado al ridículo de idolatrar a un grupo de terroristas muertos como si fueran mártires de la democracia. Se ha convertido a sus familiares  en “víctimas”  elevándolas   a  la  categoría   de   símbolos   de  los   derecho s  humanos,  convocados  de  inmediato  cada  vez  que  suena  el  nombre  de  Fujimori,  para  salir  a   marchar   con   los  retratos  de  los terroristas  cual  santos  en  procesión. La histeria contra Fujimori ha borrado la línea que separa lo racional de lo absurdo y ridículo.

La izquierda ha hecho del antifujimorismo una escuela política, una pose democrática, una rica veta judicial, una fuente de leyendas negras,  una  religión  de  odio  con rituales   canallas,   un   circo  que  congrega  variedad  de exponentes  folklóricos, desde   niñas  con úteros  de  cartón hasta  mamachas   con  polleras coloradas. Llaman “genocida”  a  Fujimori  cuando  su  gobierno  pacificó  al  país  capturando  vivos  a  los  cabecillas  terroristas y poniendo fin a la violencia. Lo llaman ladrón, pero nunca se le encontró una cuenta ni se le  ha  podido  observar signos de riqueza, ni a él ni a su familia. Sin embargo, una ONG tuvo el cuajo de ponerlo entre los diez presidentes más corruptos del planeta, sin exponer ningún fundamento, evidencia ni prueba.

Se le ha acusado de destruir la democracia y pervertir la institucionalidad. ¿Pero qué clase de institucionalidad teníamos en el Perú  en  1990?  Cuando  volvió la democracia en 1980 tras doce años de dictadura militar que lo cambió  todo,  empezamos  de  cero  con  una  nueva  Constitución  cuyo  marco  jurídico  había  que construir en medio de la guerra terrorista. Esto nunca se logró. En 1990, el  Estado  peruano  había  colapsado   en  la crisis económica e institucional más grave y profunda de su historia. Medio país estaba en manos del terrorismo y la infraestructura vial, sanitaria y energética estaban en la ruina por falta de presupuesto. La vida transcurría entre apagones, colas para comprar productos básicos, torres de alta tensión dinamitadas, coches bomba y paros de protesta convocados cada semana por los innumerables sindicatos de las empresas públicas quebradas. Esa era la famosa institucionalidad.

¿De qué democracia nos hablan si los partidos eran dinamitados, los candidatos y autoridades eran asesinados, y la gente tenía miedo de ir a votar? Teníamos  miedo  hasta de  salir  a  la  calle. Nada de esto sabe un “analista” menor de cuarenta años que ha vivido en la holgura, paz y prosperidad que le brindó Alberto Fujimori con todos sus errores y  delitos  menores. Si  nunca  han tenido que  pasar días y noches sin energía  eléctrica, nunca  han  saboreado   las   aguas   fétidas   que   salían   de   los   caños   de Lima,  ni  padecieron  la  falta  de  agua  o el racionamiento en el mejor de los casos ¿de qué hablan? Nunca fueron detenidos por una patrulla y requisados con una metralleta apuntándole la cabeza, ni tuvieron que velar a un pariente asesinado por el terrorismo, pero lloran por la institucionalidad que Fujimori dicen que destruyó.

Para juzgar a Fujimori adecuadamente hay que tomar una distancia de cuarenta años. Se necesita saber lo que fue  el  Perú  en  los  ochenta, haber experimentado la crisis, visto cómo el país se desmoronaba empujado por la crisis, el terror y la falta de políticos probos. ¿Que Fujimori fue autoritario? Sí, ¿y qué? ¿Acaso no se necesitaba autoridad para acabar con las mafias sindicales que paralizaban el país exigiendo gollerías? ¿Acaso se podían emprender sin autoridad las grandes reformas que transformaron al país y lo echaron  a  andar?  Pero  no  se quejan del autoritarismo dictatorial del general Velasco, responsable de la gran crisis que padeció el Perú tras sus reformas socialistas hechas manu militari. A él lo adoran.

Sabemos bien que aquellos cientos de miles de empleados públicos que tuvieron que soltar la mamadera de un Estado  sobredimensionado  para  pasar  a  la  vida  privada, aquellos  políticos  expulsados  del   Congreso   que perdieron sus privilegios, aquellos partidos  que  resignaron  su  hegemonía  en  manos  de  un outsider,  aquellos líderes humillados por un chinito, nunca le perdonaron semejante atrevimiento. Tampoco la izquierda que vio su modelo socialista desmontado y sus proyectos terroristas derrotados, en la humillación de un traje a rayas o en la vejación de cadáveres pisoteados, nunca se lo perdonará.

El odio y la venganza es el precio que debe pagar Fujimori por haberse atrevido a transformar al Perú afectando múltiples   y   viejos   intereses,   pero  sobre   todo  a  las mafias   de  izquierda   encaramados   en  partiduchos, movimientos,  federaciones,  oenegés  y  -además- en agentes  y sicarios esparcidos entre la Fiscalía y el Poder Judicial. Pero más allá del acoso ruin de estos sectores, lo que resulta más perturbador es ver la inmensa secta juvenil de ignorantes adoctrinados en el odio que, sin tener edad ni valor para sostener un hogar, se dedican al cobarde  oficio  de  atacar  ferozmente  a  Fujimori,  repitiendo  como  loros  la  andanada  de  mitos  y  mentiras inventados contra él por las mafias de izquierda. Estos son como las moscas que revolotean esperando que las hienas terminen de convertirlo en un cadáver.

Aún está por verse si el odio, sed de venganza y miseria moral de la izquierda pueden una vez más salirse con la suya y dejar a Fujimori en la cárcel hasta que muera. No sería nada raro en este país. Fujimori merece ser libre y morir  en  la  tranquilidad  de  su  hogar.  Cuando  este  festín  insano  de  odios,  vendettas  y  bajas  pasiones del progresismo  haya  concluido,  la  historia  se  ocupará  de  colocarlo  en  el  lugar que le  corresponde,  como  ha ocurrido siempre.

                

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