Castillo delinque por querer poner a sus amigotes en las FF. AA. ¿Llegó el «momento destituyente»?


Aarón Salomón
Aarón Salomón

Columna: Sin anestesia.

El presidente de la República, Pedro Castillo, ha incurrido en el delito de tráfico de influencias por intentar que sus amigotes coroneles Ciro Bocanegra Loayza y Carlos Sánchez Cahuancama asciendan a generales de división. Según me dijo Daniel Urresti (aquí no vale desacreditar al mensajero, sino hacer caso al mensaje) en una entrevista para el diario Expreso, Bocanegra Loayza es el asesor en la sombra del profesor rural en temas militares. Un Vladimiro Montesinos en ciernes; así lo llamó el ex ministro del Interior.

Por otro lado, Sánchez Cahuancama —alertó Urresti— trabaja bajo las órdenes de la primera dama, Lilia Paredes. Daniel Urresti considera que Castillo pretende copar las Fuerzas Armadas (FF. AA.) para blindar su gobierno comunista, de tal manera que sea imposible su vacancia. ¿Piensa mal y acertarás? Lo factual es que, consciente del delito en el que estaba incurriendo o no, Pedro Castillo ha quebrado la institucionalidad de las FF. AA. al dar de baja, luego de tan solo tres meses en el cargo, a los comandantes generales del Ejército y la Fuerza Aérea, que no aceptaron su pedido inmoral, por decir lo menos.

El ex comandante general EP José Vizcarra denunció que el secretario general de Palacio, Bruno Pacheco; el ministro del Interior, Walter Ayala, y el propio Castillo lo conminaron a que ascienda a Bocanegra Loayza y a Sánchez Cahuancama, a pesar de que ambos no cumplían con los requisitos. Vizcarra, incluso, contó que el jefe de Estado le dijo por WhatsApp que tenía un encargo sobre los ascensos. En tanto, el ex comandante general FAP Jorge Chaparro aseguró que Ayala y Pacheco le solicitaron que ascienda al general Edgar Briceño y a otros dos coroneles.

Los altos oficiales se negaron a hincarse frente al Gobierno, por lo que fueron dados de baja. Su testimonio, frente al peligro de que los comunistas tomen el control de los militares, es valiosísimo.

Seguramente, cuando se publique esta columna, Walter Ayala ya estará fuera del Ministerio de Defensa y lo mismo pasará con Bruno Pacheco, pero estos son simples peones de Pedro Castillo. El autor intelectual de todo esto es el mandatario, quien, en sus primeros cien días de gestión, ha dado motivos suficientes para ser vacado por incapacidad moral.

Fue él quien puso a Guido Bellido, investigado por terrorismo, apología al terrorismo y lavado de activos, en el premierato. Fue él quien designó al castrochavista guerrillero Héctor Béjar como canciller.

Fue él quien nombró al senderoide Íber Maraví como ministro de Trabajo. Fue él quien colocó al abogado de Perú Libre y anti erradicación de la coca Luis Barranzuela en el Ministerio del Interior. Fue él quien ha sentado al sindicalista Carlos Gallardo, que quiere tirarse abajo la meritocracia, en el Ministerio de Educación. Fue él quien ha cometido «terrorismo económico» al anunciar que estatizaría el gas de Camisea.

Es él quien no ha renunciado a su objetivo primigenio de instalar una asamblea constituyente para cambiar la actual carta magna. Y un largo etcétera. En simple: Pedro Castillo es el responsable de todo lo que estamos padeciendo.

Su vacancia es, pues, apremiante, pero ello solo ocurrirá cuando sea rechazado por la mayoría de los peruanos. Recién ahí el Congreso se pondrá los pantalones. Lo malo es que seguimos cayendo en un pozo que no parece tener fin. ¿Será, acaso, el escándalo de la injerencia del Ejecutivo en las FF. AA. el inicio del «momento destituyente» anhelado? Debería. No obstante, temo que el final de Pedro Castillo llegará recién cuando el caso de Los Dinámicos del Centro lo embarre. Espero equivocarme y que suceda antes.

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